JUAN CARLOS ZABALA (ARG)
DELFO CABRERA (ARG)
JOHN E. LOVELOCK (NZ)
KIPCHOGE KEINO (KEN)
CERRAR
ATLETISMO

JUAN CARLOS ZABALA
EL ÑANDÚ CRIOLLO

Nació en Rosario el 21 de septiembre de 1912. Falleció el 24 de enero de 1983. El 7 de agosto de 1932 ganó el Maratón Olímpico en los juegos de Los Ángeles con un tiempo récord: 2 horas 31 minutos 36 segundos. Tenía 19 años...
Aquel 7 de agosto de 1932, gran parte del mundo deportivo se sorprendió. Algunos hasta llegaron a buscar en el mapa la ubicación de Argentina. No era para menos tanta inquietud y tanta admiración. Es que un hombre menudo y empecinado, Juan Carlos Zabala, 56 kilos y 1,52 metros de altura, ganaba el Maratón en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, E.U. de América. No sería el único, pues ese rosarino de camiseta blanca sin mangas, con una franja celeste, un pantalón del mismo color y un gorrito blanco, había cubierto la distancia de los 42.195 metros en un tiempo récord. Aquel hombrecito, tras besar la medalla con la imagen de Santa Teresita, había musitado apenas una frase antes de comenzar la competencia. Una frase que emocionaría a los pocos afortunados que lograron escucharlos, una frase que bien podría ser el símbolo del maratonista:
“Yo gano el maratón o me recoge una ambulancia.”
Una infancia con todas las privaciones posibles, hasta de familia, a los 6 años quedó huérfano y fue internado en la Colonia Hogar Ricardo Gutiérrez, de Marcos Paz, donde pasaría su infancia. A los 8 años comenzó a mostrar su pasión por el deporte y a los 12 participó en una carrera de 1.500 metros donde superó al que sería el campeón sudamericano.
Quien entraría en la historia como el Ñandú Criollo, ni siquiera tenía los 20 años requeridos cuando gano en Los Ángeles. “En realidad, eran 19 -evocaría mucho tiempo después-. “Y fue nada menos que el Presidente de la República, el general Agustín P. Justo, quien me hizo dar un documento nuevo. Alguna vez se lo comenté al varón Pierre de Coubertain, por entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, quien como toda repuesta hizo que cambiasen la medida...”
Alguna vez, controlando su vitrina, llegó al asombroso número, cercano a los siete mil trofeos, “de los cuales, hay 194 que obtuve en carreras de nivel internacional”.
Empezó a correr protegido por el doctor Agustín Cabal, un gran atleta. Viajaría a Europa para perfeccionarse junto a Alejandro Stirling, profesor de la colonia, el cual se convertiría en su maestro y amigo inseparable. Por entonces ya poseía los récords argentinos en los 3.000, 10.000 y 30.000 metros. Y en Europa, para no desentonar con tanta audacia, ganó 29 de las 30 competencias en las que le tocó intervenir. Y habría que destacar que, en dos de ellas, el Ñandú Criollo lo dejó atrás a Paavo Nurmi, un finlandés acostumbrado a tutearse a el triunfo. En la única derrota -cuenta la leyenda-, fue el mismo el causante, sencillamente porque iba primero y por darse vuelta y sacarle la lengua a Nurmi, éste aprovechó el descuido...”Si esa carrera la perdí de caradura -confesaría más tarde-; la otra, la de Los Ángeles, la gané por lo mismo, por mi gran desfachatez. Imagínese: yo no tenía ni 20 años y a esa edad uno no puede andar pensando en la derrota. A pesar de mis éxitos europeos y que el propio Nurmi me daba como favorito -a él no lo dejaron correr, acusándolo de profesional-, la mayoría ni se fijo en mí. Entonces fui y le pedí a Zorrilla (por Alberto, campeón olímpico de natación en 1928) que apostara todo el dinero que yo tenía: 500 dólares. Si perdía... volvía caminando. Me pagaron 20 a 1”.
De sus recuerdos y confidencias surgían otras perlas. Aquella, por ejemplo, del reportaje que le realizaron en el diario “The New York Times” y que apareció el día anterior a la carrera. Zabalita, declaró, muy suelto de cuerpo, algo así como: “Voy a demostrar que se puede largar en punta y llegar primero. Los que quieran que me sigan ...”.

El lunes 24 de enero de 1983, a los 71 años, El Ñandú Criollo se fue al cielo, al Olimpo. A pesar de un fuerte dolor de rodilla, aquel 7 de agosto en Los Ángeles tomó la punta faltando 4 kilómetros y no la abandonó más, dándole a la carrera un ritmo que preocupó a todos sus seguidores. Aquella noche celebró cenando en Hollywood, invitado especial de otro monstruo, Jesé Owens. Queda en la historia su caída en la llegada, pero también su testimonio: “Carmelo Robledo (boxeador, quien también en Los Ángeles ganó una medalla de oro) estaba tan entusiasmado que me tiró una bandera argentina con mástil metálico. Me dio en la cabeza y casi me pone nocaut, eso es todo...”.
El pibe con el número 12 en el pecho, el “argentino pedante” que corrió con la desfachatez de la edad, quedaría inmortalizado en las fotos de la llegada junto a la bandera argentina, todo un símbolo.
Aquel 7 de agosto de 1932, superando a 28 corredores -entre ellos Cicarelli y Ribas, los Zabalita vivió su día más glorioso. Y el deporte argentino, de pie, saludó la desfachatez de aquel rosarino que apenas pesaba 56 kilos, pero que a la hora de competir era un gigante.

DELFO CABRERA

Sus comienzos se remontan a Armstrong, su pueblo natal a 80 km. de Rosario. Corría el año 1932, Juan Carlos Zabala gana el Maratón Olímpico en Los Ángeles, la noticia lo conmovió: “Si él lo hizo, ¿por qué no yo? Allí nació su vocación. Esta noticia fue un disparador para que se metiera de lleno a entrenar con solo 13 años. Trotaba por el barrio o por un camino de tierra que iba desde su casa hasta el cementerio de aproximadamente 15 km., después de trabajar en el campo.
En 1937 corre por primera vez en Armstrong y luego con el paso del tiempo corre en Rosario. Había corredores importantes a nivel nacional, con sus entrenadores y uno de ellos era Francisco Mura, entrenador de San Lorenzo de Almagro que en esa época tenía un fuerte equipo de atletas. En esta carrera salió segundo, entonces Mura, que estaba a la pesca de cualquier nuevo valor, lo invita a sumarse al equipo. Eso implicó una decisión importante en su vida, radicarse en Buenos Aires con 18 años. En 1939 hace el servicio militar y en 1941 se radica definitivamente en Buenos Aires y empieza a competir para San Lorenzo. Salió campeón Argentino de 1500, 3000 y 5000 metros. En 1946 se casa. Por esa época hacía changas hasta que consigue entrar al cuerpo de bomberos de la Policía Federal y gracias a sus antecedentes deportivos consigue que lo destinen al cuartel central y que se le permita entrenar.
Accedía al sueldo de bombero y cómo régimen especial ya no iba a los incendios para preservarlo físicamente. A partir de allí la Policía Federal ve la posibilidad de armar un equipo atlético. Hoy está el Circulo de Suboficiales de la Policía Federal, reconociendo que los comienzos de su actividad deportiva es gracias a Delfo Cabrera, allá por los años 1946-1947.
Llegan los selectivos para los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 y él nunca había hecho gran fondo, nunca había corrido ni media maratón ni maratón. Se disputa el selectivo a base de 30 km. y hace el tercer tiempo, y el entrenador presiona para que la Argentina inscriba a tres atletas para el maratón, a pesar que nunca había corrido una maratón. A partir del selectivo comienza a incursionar en media maratón, en 1947 se realiza el Sudamericano de Atletismo en Buenos Aires y gana los 21 km.

Por esa época recién se comenzaba a hablar de entrenamientos fraccionados, de medicina del deporte y de la alimentación del deportista. En esa época se tenía el concepto de mucho volumen de carga, corrían entre 200 y 250 km. semanales, y con doble turno llegaban a hacer muchos más kilómetros. Se tenía la idea que había que correr mucho para acumular kilómetros para la distancia. Hacían muy poco cambio de ritmo, el entrenamiento fraccionado se usaba poco y a partir de Emil Zatopek en el año 1952 se puso muy de moda.
En su viaje a Londres se traslado con todas las delegaciones deportivas en un barco que tardó 40 días en llegar. Entonces los entrenamiento se hacían en la cubierta del barco que no llegaba a 300 metros. Grande fue la ventaja de llegar tan temprano, un mes antes, para aclimatarse y poder entrenar seriamente sobre los terrenos que iban a correr.
En el viaje a Londres, sufrió algunas injusticias. Para algunos, los deportes no rentables no son tan importantes como otros. Como todo barco tenía categorías, y el atletismo fue designado en 3° categoría, eso le generó mucho resentimiento y bronca. Porque después cuando él gana, en el viaje de regreso lo invitan a volver en 1° categoría y él dice que no, que se quedaba con sus compañeros en 3° categoría. No quería tener beneficios que sus compañeros no tuvieran.
En la carrera intervienen 43 atletas de 23 países, de los cuales 3 eran Argentinos: Cabrera, Guiñez y Sensini. El candidato argentino era Guiñez. El tren de carrera, en un comienzo no era muy fuerte y Cabrera se encontraba entre los últimos. El recorrido de la carrera era muy ondulado. A partir del kilómetro 20, Cabrera empezó a apurar el paso y se notaba que venía más entero que los demás. En el kilómetro 30 se encontraba 5°. Los Argentinos habían hecho el plan en equipo, pero apoyando a Guiñez que era el que tenía mayor experiencia de los tres. En el kilómetro 32, Guiñez le hace señas y le dice “Dale negro, pasame y ganá vos que la carrera es tuya”. Cabrera se ve liberado y sale a buscar a los primeros. Ahí empieza su levantada. En el kilómetro 35 ya se encontraba 2°, primero se encontraba el Coreano Yun Chil Choi, tercero el belga Gailly, cuarto era Guiñez, quinto el británico Richards y sexto el sudafricano Luyt. Por la misma puerta por donde habían salido, apareció Gailly, con sus piernas vacilantes, extraviada su vista y sin sentido de orientación. Quince metros atrás del belga pisaba la pista rojiza de Wembley un atleta morrudo, fuerte, morocho, que braceaba sin esfuerzo, pisaba seguro y miraba con claridad. Era Delfo Cabrera.

Enseguida lo pasó y dio una vuelta completa a la pista. El pecho de Cabrera tomó hilo de llegada justo entre las dos franjas celestes de la camiseta. habían pasado 2 horas 34 minutos 51 segundos 6 décimas desde la largada. Y Delfo Cabrera llegó a la gloria el sábado 7 de Agosto de 1948 y tuvo el récord absoluto de debutar y ganar una maratón olímpica.
Corrió desde atrás, ocupándose más de él que de los demás. Faltando 5 km. tomó la delantera, solo unos metros antes de entrar al estadio, el belga hizo un último esfuerzo y pasó al frente por un instante, pero la carrera ya estaba definida a favor del Argentino.
En Londres los 3 atletas argentinos que compitieron consiguieron; Delfo Cabrera el 1º puesto, Eusebio Guiñez el 5º puesto y Armando Sensini el 9º puesto.
Gracias a su victoria en Londres, lo ascienden a cabo primero en los bomberos y el General perón le regala una casa en Sarandi. Se muda de Capital a Provincia y le permiten estudiar para ser Profesos de Educación Física en el Instituto San Fernando.
En 1955, con la dictadura militar, fue destituido de todos lados por haber recibido apoyo de Perón. Ahí se corta la carrera de bombero y con sus 36 años comienza el final de su carrera deportiva.

 

CUANDO EL MUNDO SE LLENO DE ASOMBRO
Los Ángeles, Londres, 7 de Agosto. Las dos ciudades se enlazan con la misma fecha para clavar un mojón de oro en la historia grande de nuestro atletismo. Se van a cumplir 76 años de la maratón olímpica corrida sobre la pista norteamericana y 60 de la corrida sobre la pista inglesa. Al final de ambas, tras el legendario esfuerzo de sus 42.195 metros extenuantes, las lanas de llegada fueron cortadas por atletas argentinos: Juan Carlos Zabala y Delfo Cabrera. Con el primero de esos trotes victoriosos el pedestrismo continental logró su primera medalla dorada; con el segundo se dio el gustazo de ratificar la hazaña, clasificando además -por primera vez- tres deportistas de un mismo país entre los diez puestos de honor (Guiñez fue quinto y Sensini noveno) de la competencia máxima del atletismo mundial.
Los orígenes de estas pruebas se remontan a principios de siglo, cuando la Asociación Nacional de Ejercicios físicos, la Dirección Nacional de Tiro y Esgrima, La Sociedad Sportiva Rosarina, la Sociedad Sportiva Argentina y el Club Pedestre Sportman comienzan a organizar las primeras pruebas de la especialidad. El proceso -incluso- se tonificó en 1910, cuando al conmemorar el centenario patrio nos visitó el famoso italiano Dorado Pietri, protagonista de la final más dramática que recuerde la historia de la maratón olímpica (1908), y que terminó por contagiar definitivamente el amor a esta prueba agotadora y única.
Zabala y Cabrera. O Cabrera y Zabala. Sus nombres adquieren con el tiempo el valor de verdaderos símbolos. Sus hazañas, para las nuevas generaciones, seguirán siendo parte de esa leyenda que solo pueden componer los grandes de cualquier época

JOHN EDWARD LOVELOCK
CUANDO LA VOLUNTAD MODELA LA VICTORIA

El ejemplo de John Edward Lovelock -que obtuvo notables triunfos pese a sus condiciones físicas adversas- reitera el valor de la voluntad en el hombre como arma de todo éxito.

Eran las seis de la tarde de un sombrío invierno neoyorquino. La gente se apiñaba en la estación subterránea de Brookliyn esperando el tren que la devolvería a la calidez de sus hogares. Se acercaba el convoy cuando, quizás a causa de un desvanecimiento o la presión del público, un hombre delgado cayó sobre las vías. No hubo tiempo para rescatarlo: instantes después el tren pasaba sobre su cuerpo.
Tal fue el trágico final del doctor John Edward Lovelock, uno de los primeros milleros del mundo cuyo nombre suelen asociar los aficionados a su brillante victoria en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Berlín.-
La encuesta judicial que siguió al accidente determinó que la muerte del campeón fue accidental, pero arrojó también revelaciones insólitas. El más famoso atleta del mundo sufría de miopía, disturbios cardíacos y arteriosclerosis.
Se encontraba también bastante debilitado. Sin embargo había insistido en continuar su trabajo como jefe del Departamento Físico Terapéutico del hospital de Nueva York.
Esto era típico de Lovelock, que durante toda su vida fue un intrépido luchador, un hombre de hierro que empleó toda su determinación y aplicación para transformarse en el principal corredor de media distancia de su tiempo.
Como jugador de rugby, Lovelock sufrió la fractura de una pierna. Sus incursiones en el boxeo le dejaron como saldo un serio golpe en la nariz. Como atleta se produjo lesiones en la rodilla que determinaron una operación de cartílago y durante toda su vida sufrió de insomnio y claustrofobia.

FUERZA DE VOLUNTAD
Pero nada detuvo a Lovelock en su constante esfuerzo deportivo. Ni siquiera su vista debilitada por un accidente de caza que le dejara la visión permanentemente afectada.
Lovelock había nacido en Nueva Zelanda en Enero de 1910 y después de estudiar un tiempo en la Universidad de Otago continuó su carrera en Oxford, incorporándose al Exeter College merced a una beca. Buen corredor de media distancia y de manera principal, excelente millero, ingresó en el escenario de las competiciones atléticas con un récord de 4 minutos 12 segundos.
Al año siguiente represento a Nueva Zelanda en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. A pesar de ser uno de los favoritos no figuró siquiera entre los seis finalistas. Llamó nuevamente la atención del público al regresar a los Estados Unidos en el año 1933 y participar en un cotejo como el Oxford-Cambridge, donde los componentes del primer equipo, entre los que se alineara, ganaron en tiempo récord la posta universitaria de 4 x 1.609. Más tarde, y esta vez en Princeton, sorprendió a los aficionados del mundo con una cifra entonces récord de 4 minutos 7.6 segundos.

LA ESCUELA DEL FRACASO
Aquel fracaso inicial en Los Ángeles constituyó para Lovelock una dura lección. Supo que debía perfeccionar su estilo, puesto que su físico no le permitía esfuerzos desmesurados. Y decidió disputar una sola competición de larga distancia por año llevado por un único fin: aumentar su velocidad.
Cifró entonces su ambición en destacarse en una prueba determinada, participando en las demás a simple título de entrenamiento y sin permitir que el natural deseo de ganar lo apartasen de la línea de conducta trazada.
Lovelock, que tenía, según el crítico Montague, una de las mentalidades más agudas que se hubieran aplicado al atletismo, empleó toda su inteligencia en mejorar sus propios tiempos.
En aquella época los expertos sostenían que el tiempo mínimo de la milla no sería superado, pero Lovelock les habría de probar tempranamente que estaban equivocados y que era posible mejorar tal marca.
Mientras esa hora llegaba, en Oxford y contemporáneamente a sus estudios de medicina en el St. Mary´s Hospital de Londres, Lovelock batió a Bill Bonthron en 4 m. 7,6 s. Estableciendo una nueva marca para la milla.
Cada vez que era invitado a participar en torneos internacionales, el neocelandés estudiaba de continuo a sus rivales de turno. Además planeaba científicamente sus esfuerzos y según Bannister, uno de sus más serios competidores, variaba sus tácticas en concordancia con la oposición. Por esos mismos medios ganó la más importante carrera de su vida en el gigantesco Estadio Olímpico de Berlín.

LA CAPITAL DEL TERCER REICH
Ocurrió el 6 de Agosto de 1936. Un público constituido por 100.000 espectadores, entre los que figuraba Adolfo Hitler, esperaba la participación de los 12 finalistas en la final de 1.500 metros.
Su estilo, “el más suave y fácil que se haya visto en los estadios”, al decir de uno de sus críticos, fue decantándose con el tiempo. Lovelock había ido disminuyendo la extensión de sus zancadas para acelerar el ritmo y aprendido también a regular su marcha sin apelar al cronógrafo.
Eso le permitió controlar el tiempo de sus vueltas venciendo en aquella justa memorable a Luigi Beccali, de Italia, el campeón del mundo, Glen Cunningham, de los Estados Unidos, a Archie San Roman y el canadiense Phil Edwards, excelente corredor de color, entre otros.
En la vuelta inicial Lovelock parecía nervioso. Sin embargo se fue serenando paulatinamente y en la tercera vuelta la armonía de sus movimientos denotaba una calma total. El grupo se mantenía homogéneo con Cunningham, justamente llamado ”el caballo de hierro de Kansas “, a la cabeza, seguido por el sueco Ny y el neocelandés.
De pronto y a 300 metros de la raya, en un sprint aparentemente suicida, Lovelock tomó la cabeza del pelotón alcanzando 10 metros de ventaja. Fascinados por la imprevista acción, los 100.000 espectadores se pusieron de pie. Sus desconcertados rivales se lanzaban entretanto en bloque a la caza del fugitivo pero sería imposible detenerlo. Apenas si fue posible a Cunningham alcanzar un honroso segundo puesto, mientras el italiano Beccali se clasificó tercero.
Nadie pudo arrebatarle a Lovelock aquella brillante y merecida victoria. A la vez su tiempo de 3 minutos 47,8 segundos, significaba el avasallamiento de la barrera de los cuatro minutos y lo convertía en el más grande corredor de su tiempo.
La delgada figura de Lovelock luciendo invariablemente shorts negros y camiseta con los colores de Nueva Zelanda, siguió un tiempo habitando las pistas. Luego, ya dedicado por entero a su carrera de medicina, se casó con una norteamericana y se radicó en los Estados Unidos.

Allí precisamente, en una oscura estación de subterráneo, lo esperaba el final. De ese modo terminó su vida el hombre que fue un médico esforzado y consciente pero que, más que por sus logros en la medicina, será récordado como un atleta excepcional donde una inteligencia adecuadamente aplicada al esfuerzo físico logró superar las grandes limitaciones físicas cuya magnitud revelaría el informe forense que sucedió a su oscura muerte.

KIPCHOGE KEINO
PROFETA DEL DOMINIO
KENIANO

Hasta los Juegos Olímpicos de México'68, Kenia tan sólo había logrado una medalla de bronce, en los Juegos de Tokio'64, por medio de Wilson Kiprugut. Sin embargo, en la capital azteca los atletas kenianos iban a dejar entrever lo que en un futuro sería habitual en los estadios de todo el mundo. Uno de esos primeros «profetas» que anunciaron el poderío de Kenia fue Hezekiah Kipchoge Keino. Nacido en Kipsamo el 17 de enero de 1940, cuentan que su primera carrera la disputó al encontrarse con un leopardo que estaba devorando una cabra. Como casi todos los atletas kenianos, comenzó a practicar el atletismo casi por necesidad, y en el año 1962 consiguió clasificarse para los Juegos de la Commonwealth, disputado en Perth. Su primera experiencia internacional no fue muy positiva, pues sólo pudo ser décimo en la carrera de tres millas, mientras que no pasó a la final en la de la milla.
Dos años más tarde, Keino inició su participación olímpica en Tokio'62; en la capital nipona participó en los 1.500 y en los 5.000 metros. En la primera distancia no consiguió clasificarse para la final, mientras que la prueba superior conseguía una prometedora quinta plaza. En la temporada postolímpica dio un paso decisivo en su carrera hacia el estrellato mundial, al mejorar los récord del mundo de 3.000 mts.: 7.39.5 y de 5.000 mts.: 13.24.2.

Seis carreras en ocho días

Con estos antecedentes, Keino llegó a México con una gran ambición de triunfos, y para ello se inscribió en tres pruebas: 1.500, 5.000 y 10.000 metros. El keniano, familiarizado con el entrenamiento y la competición en la altitud, quería aprovechar al máximo las condiciones que le ofrecía la ciudad mexicana. En su primera prueba, la de los 10.000 metros, se vio obligado a abandonar en la final debido a unos problemas estomacales; días más tarde, en la final de los 1.500 metros, Kenio protagonizó un espectacular duelo con el tunecino Mohamed
Gammoudi, que ya había sido tercero en los 10.000 metros. Al toque de la campana parecía que el keniano tenía ventaja por su aparente mayor velocidad; sin embargo, Gammoudi marcó un extraordinario tiempo de 54.8 en la última vuelta, lo que le sirvió para conseguir la victoria con 14.05.01, 15 centésimas por delante de Kenio.
A pesar de esta medalla de plata, el campeón keniano debía sentirse decepcionado, y se preparó a fondo para su última prueba, los 1.500 metros. En esta distancia debería verse las caras con el niño prodigio del atletismo norteamericano, Jim Ryun. Ambos habían protagonizado ya un espectacular duelo el 8 de julio del año anterior en Los Ángeles. En aquella ocasión, Keino impuso un alocado ritmo de salida, lo que llevó a Ryun a la consecución de un nuevo récord del mundo de la distancia de los 1.500 en 3.33.1. El norteamericano recuerda de aquella carrera que «salí con el peor dolor de cabeza de mi vida».
Estaba claro que la final de México era una gran revancha de aquella carrera. Tras pasar sin problemas por las series y las semifinales, los dos rivales se plantaron en la final. Desde la salida, Keino puso en práctica su táctica habitual, es decir, imponer un frenético ritmo para descargar a sus rivales. A pesar de ser su sexta carrera en ocho días, ayudado en los primeros compases de la prueba por su compatriota Ben Jipcho, cubrió los 400 metros en 56.6 y los 800 en 1.53.3; por detrás marchaba el alemán Bodo Tümmler, mientras que Ryun, junto al también alemán Harald Norpoth, estaba situado a unos metros de aquél. Al llegar a los 1.200 metros, cubiertos en 2.53.4 por Keino, Ryun pareció reaccionar y adelantó a Tümmler, pero ya era demasiado tarde para dar caza a al keniano que se impuso con comodidad en un gran tiempo de 3.34.91, aventajando en tres segs. al norteamericano. Keino conseguía así el primer oro olímpico de un atleta de color en los 1.500 metros, hecho sólo igualado veinte años después, en Seúl, por su compatriotas Peter Rono.
Después de México, Keino alternó con éxito los 1.500 con los 3.000 obstáculos, y en ambas pruebas se inscribió en los Juegos de Munich'72. En la primera prueba estuvo a punto de reeditar su triunfo de México, pero esta vez se encontró con un duro rival, el finlandés Pekka Vasala, y hubo de conformarse con la segunda plaza. Sin embargo, en la prueba de obstáculos, a pesar de ser casi un desconocedor de la distancia, consiguió su segunda medalla de oro olímpica con un tiempo de 8.23.64, por delante de su compatriota Ben Jipcho.