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El ejercicio hace que el organismo produzca una gran cantidad de interleucina, la misma sustancia cuya producción aumenta cuando el cuerpo es invadido por bacterias o virus.
Esta notable sustancia estimula la creación de las células que destruyen a los pequeños organismos infecciosos. Además, toma el hierro del torrente sanguíneo, depositándolo en el hígado y quitándoles así a las bacterias esa materia básica, que necesitan para desarrollarse.
La interleucina también produce fiebre, algo igualmente nocivo para los agresores que se multiplican mejor a la temperatura normal del cuerpo. Y, si bien el ejercicio no provoca fiebre, puede también conseguir el mismo efecto, ya que la temperatura corporal aumenta durante la actividad intensa.